Ana, agazapada como una gata al acecho, oteaba la vereda de
enfrente para cruzar.
María, aterida como consecuencia de los golpes que le
propinaron, decidió atravesar el parque con cautela.
Juana, acobardada por los insultos de todos los días, tomó
la decisión de agachar la cabeza y caminar en las sombras.
Carolina, aturdida por la vorágine massmediática, optó por
mostrar una faceta sumisa y tranquila.
Florencia, amedrentada por la represión de la policía, buscó
otra alternativa a ser ella misma.
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