CONTACTOS.

Él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

sábado, 21 de octubre de 2017

Castigo divino

Nunca entendiste por qué de tu boca brotaban sierpes anaranjadas. Quizás porque tu madre chillaba y vociferaba que era obra de Satanás.
Porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna.
Nunca te ibas a acostar; temías que la posición horizontal hiciera despertar en tu estómago los ruidos sordos de aquellos seres que luchaban por ascender hacia el esófago, la faringe y, finalmente, la boca. Te quedabas dormida con la cabeza reposada en el almohadón del sofá verde, babeando con la boca abierta para dejarlas respirar.
¿Qué habré hecho para merecer semejante castigo?, te preguntabas. Pero no había nada que pudieras hacer para detener a esos cuerpos alargados con un solo ojo. A esos fétidos y repulsivos animalitos que se alimentaban de tu cuerpo.
Durante los tres días que duraron los episodios, la casa se llenó de sacerdotes, curanderos y chamanes. Sin embargo, ni el incienso, las estampitas, los cigarrillos prendidos, o las velas humeantes, lograron revertir el vómito de serpientes. Tu cuerpo luchaba por restablecerse, se contorneaba dando saltitos a un lado y al otro para más tarde caer abatido.
Hasta que un vecino te llevó al hospital a la fuerza. Mientras tanto, tu madre decía: “con esos matasanos, no. ¡Con mi hija, no!” y te iba rociando con agua bendita. En realidad, era agua podrida (¿qué pestilentes manos la habrán “bendecido”?). No sé ni siquiera de dónde la sacó. Lo cierto es que un poco le habías empezado a creer a ella. Y claro, la tenías todos los días taladrando, taladrando tu cráneo con el cuento del diablo, del diablo embravecido con la hija pecadora.
El médico no pudo convencerla ni aun cuando le dijo: “Señora, su hija tiene la Taenia saginata”. ¡Y también! Como si tu madre fuera a entender qué quería decir con la tenia esa… Yo creo que ni el propio doctorcito lo sabía porque ¿qué idea tenía del horror que se siente al ver un ser vivo inmundo saliendo de tu boca?

En ese momento, lo único que recordó tu madrecita santa fue un pasaje de la Biblia: “Mi nombre es Legión, pues somos muchos”. 

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