Era un movimiento inestable,
un vaivén incesante,
el de la ola
que nos mecía lentamente,
el de ese río infinito
que contra la corriente atravesábamos.
Una noche, la aparente calma se transformó
en un océano bravío y portentoso
a punto de estallar en tormenta.
El sinfín de marejadas violentas
no dejaba de traer la mugre de todos los continentes.
Hubiéramos querido virar nuestro destino,
poder decir ”hasta aquí llegamos”
y dejar que el curso de los hechos hiciera historia.
Dar media vuelta y ¡a otra cosa mariposa!
Aunque no pudiéramos.
Aunque tampoco quisiéramos.
En ese desconcierto tan oscuro,
una voz rompió el silencio de los hombres:
“¿Quién dirige las riendas de esta embarcación?
¿Quién evita que nos vayamos de madre al mar?
¿Quién puede salvarnos del naufragio inminente?”
No tuve más remedio que decirle al pobre:
“Nadie más que vos y yo”.
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