Giraba trescientos sesenta grados sobre mi eje y veía cerros verde oscuro y caminos empinados. El terreno parecía dirigirse hacia algún lado. Pero ahora camino, indiferentemente, por la planicie, que me es sospechosa, peligrosa. Las calles no van a ninguna parte, son interminables, infinitas. Desconfío de la llanura. La llanura, artificial, siempre acompañada de un sentimiento de inmensidad. Pero ¿qué inmensidad? La de la masa inerme que descansa tras las rejas del barrio, que despierta a la misma hora, usa el mismo cepillo de dientes, toma la misma sardinera. No, no es esa la inmensidad que me gusta. A mí me gusta lo que contemplo en Tafí del Valle.
CONTACTOS.
Él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

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