Los anestesiados se arrastraban por la vereda de enfrente queriendo volar por encima de los autos que circulaban. Los ojos andantes se salían de sus órbitas no para ver sino porque sí. De pronto oí un algo que parecía un llamado a ellos; entonces se arrebataron hacia la calle, impulsados por la alegría que les habían producido esos movimientos bucales. Unos segundos después de que los tres locos condujeron sus cuerpos hacia la avenida, chocaron contra mi rostro los resultados de las mutilaciones que se habían producido. Parte por acá, parte por allá. Te digo que mi casa quedó salpicada de pedacitos de carne que me formaron en la pared –blanca- una constelación espectacular de restos humanos. Tenés que venir a verla, es la creación de un nuevo concepto que lejos de percibir la forma humana como una integridad simétrica, como una unidad preestablecida, lo que hace es dar cuenta de la multiplicidad de formas que se pueden ir sucediendo en el espacio. Es algo que nos hace romper los parámetros normales de percepción, es la ruptura –brusca, sangrienta- de los estereotipos del cuerpo humano. Es genial. Podrán decir que es espeluznante al verlo – de hecho lo es- pero hay que ver que estamos ante la apertura de un camino que nos va a posibilitar romper con las estúpidas preconcepciones burguesas.
Le comenté a un restaurador que tenía unos cuadros que se me estaban pudriendo, no le hablé de la materia prima pero supongo que da igual (al fin y al cabo, ¿el lienzo no fue un ser vivo también?), y me recomendó que pida no sé qué producto en la farmacia. Le dije de los bichitos que están teniendo estos días de humedad sobre todo y me dijo que ya fue, que cuando compre el preparado ese que, dicho sea de paso, sale quinientos dólares cash, se me soluciona todo.
Clorindo, no te drogues más. Plis. A ver si el próximo finde te tengo colgadito en mi pared rodeado de esos personajes que se hacen llamar críticos, mientras evalúan si te vas para el Louvre o qué.
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